poemaMARTIN from osvaldo montaño on Vimeo.
La belleza son los aeropuertos vacíos
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La belleza son los aeropuertos vacíos
Luego que la entrevista
¡Ah… títulos nobilirarios! vasajalle, subasta
Un Perez de perecidad más prístina y abolengo
un Pérez más fino de cuyo nombre no pude acordarme—olvidos—arenga:
qué cómo de su nombre no me precio, qué que olvido
que en la puerta de sus aposentos se encuentra la insignia y el emblema
que quien olvida tal….
qué con qué cara ser maestrante.
—Ah…pues ís, Divina Garza, tú y la torre de marfil de las letras nacionales,
corte de mangas muy literario también y fino…But, I have a dream, Este país está sediento de justicia, y un fantasma recorre filológicas…—
Sí, señor, usted perdone:
Oh, usted que de venablos impedido…
Gigantes de cristal los teme el cielo…
Claro, sí, disculpe la osadía….
El Samsa que todos llevamos dentro—Kafka, pienso—
luego que la entrevista: vasallaje.
—Es que anoche, mamá, pensé que me regalabas el
juguete que vimos en la tienda.
—¿Lo pensaste o lo imaginaste o lo soñaste?
—¿Cómo, mamá? Lo que te estoy diciendo, pasó
anoche, pero no encuentro el juguete…
De acuerdo con la clasificación semántica de los verbos según Michael Halliday, pensar, sentir o percibir son verbos que se asumen bajo un conjunto de cosas o hechos que pueden ser sentidos afectivamente: gustar, disgustar, lamentar; pensados: saber, recordar, rememorar, intuir; o percibidos: tocar, ver, oler, escuchar. En estos procesos hay siempre una entidad humana: el sentidor. “Soñar”, según la misma clasificación responde a un proceso de comportamiento y constituye un proceso fisiológico o psicológico; es decir, procesos de conciencia que reportan un comportamiento. Para decirlo de otro modo, “soñar” es el proceso en el que, conscientes o inconscientes, hacemos todo eso: pensar, percibir, sentir, y su resultado: el sueño, puede interpretarse —desde tiempos de Macrobio o Artemidoro, a quienes sor Juana leyó— como enigma, profecía, oráculo, aparición o pesadilla.
El sueño que nos ocupa, además de ser un poema filosófico, un enigma para interpretar, un material para nuestro conocimiento, a posteriori del caso “Crisis sobre un sermón”, se revela como un manifiesto que pone sobre la mesa una apuesta de pensamiento novohispano por la libertad.
El obispo de Puebla, don Manuel Fernández de Santa Cruz, publicó la Carta Atenagórica y, bajo el seudónimo de sor Filotea, la carta en la que respetuosamente le pide a la colega que escriba y lea, que haga ciencia, pero de la de Cristo, que “la ciencia que no es la de Cristo crucificado sólo es necedad y vanidad”. Los textos se publicaron a finales de 1690 sin el conocimiento ni consentimiento de ella. El primero de marzo de 1691, sor Juana publica su Respuesta, en la que menciona a El sueño, le dice papelillo y reconoce que es la única obra que ha escrito por gusto: ¿necedad o vanidad o pensamiento independiente?
Por aquellas fechas, sor Juana y Núñez de Miranda, su confesor, se distancian; sin embargo el pensamiento del autor de Tractatus de Scentia Dei permea en toda la obra de la monja, muy especialmente en El sueño. La incipiente teoría de la ciencia media o ciencia condicionada desarrollada por los jesuitas y que Núñez de Miranda expone en su obra, alienta el conocimiento de un vasto terreno humano en el que las personas a partir del aprendizaje de su libertad tendrían la capacidad para responder a las reglas y estructuras de la sociedad. Ramón Kuri ha señalado que esta teoría pretende la concordia entre gracia divina y libertad humana y es fundamental para el barroco novohispano entendido como una forma nueva y creativa de incidir sobre la realidad.
El Sueño profetiza sin ser escuchado, poco apreciado o mal correspondido, que la respuesta está en la humanidad:
El Hombre, digo, en fin, mayor portento
que discurre el humano entendimiento;
compendio que absoluto
parece al Ángel, a la planta al bruto;
cuya altiva bajeza
toda participó Naturaleza.
¿Por qué? Quizá porque más venturosa
que todas, encumbrada
a merced de amorosa
unión sería. ¡Oh, aunque repetida,
nunca bastante bien sabida
merced, pues ignorada
en lo poco apreciada
parece, o en lo mal correspondida!
Cifrada en estos versos se encuentra la discusión sobre las finezas de Cristo que llevó a sor Juana al viacrucis que enfrentó como novohispana, criolla, religiosa, huérfana, bastarda: Cristo no tuvo ninguna fineza y eso nos otorga el más sagrado de los derechos, el derecho a equivocarse que debería tener cualquier persona. El vía crucis de Juana no fue por ser mujer ni por escribir o por hacer ciencia; el problema es que sus palabras son emblema de la minoría de las minorías, que en un país colonizado siempre son las mayorías vistas menores, párvulos, incapaces de tomar decisiones, seres de los que se duda tengan alma. El problema cifrado en El Sueñoes que sus palabras se asumen colectivas, su obra más personal, más íntima en la que expone con mayor agudeza su amor por el conocimiento es la que en su respuesta resulta la más radical y política de todas, en ella están cifradas las ideas de la responsabilidad humana, del ejercicio de la libertad, sobre todo el derecho de equivocarse, principio de dignidad y de sabiduría.
En 1692 se publicó en Sevilla el Segundo volumen de las obras de sor Juana Inés de la Cruz; además de El Sueño ese volumen integra Amor es más laberinto, Los empeños de una casa y laCrisis sobre un sermón que se conoció primero como Carta Atenagórica. Tres años después falleció de enfermedad la monja y fue sepultada en la fosa común del convento de San Jerónimo.
Cabecear, jetearse, dormir la mona, echarse una pestaña
El sueño todo, en fin, lo poseía:
todo, en fin, el silencio lo ocupaba:
aun el ladrón dormía
aun el amante no se desvelaba.
En la navidad del año 1982 mi papá hizo un regalo a sus amistades para desearles prosperidad y, como decía una horrorosa canción del ochenta y cinco, dejarles claro que “siempre vendrán tiempos mejores”. El regalo era una impresión muy cuidada, en papel fino que reproducía el billete de 1000 de los de aquellos tiempos que ostentaba a la poeta de frente, en una magnánima postura con el brazo sobre un libro; sobre este último las firmas de los funcionarios del Banco de México; era el billete de más alta denominación de la época, era el más bonito, el más sobrio, era para mí, en toda la palabra, un verdadero obsequio en medio de una crisis que años más tarde llevó a quitarle tres ceros al peso y toda la dignidad que le quedaba a nuestra moneda.
Así supe de sor Juana, su figura rondó por mi imaginario como la de una célebre monja que entre tarea y tarea conventual, escribía, conversaba y montaba obras de teatro. Aquel imaginario se iba enriqueciendo con las multicitadas redondillas:
¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?
Luego, ya en la secundaria, escuché lo de que se cortaba el pelo para aprender lecciones, y aquello que no comía queso para no volverse ruda que era una forma de decir tonta. Así mi imaginario de infancia y juventud clasemediero, defeño de secundaria pública, iba formando una criatura que gustaba del estudio, del saber y que sabiamente podía poner sobre la mesa preguntas fundamentales sobre el doble discurso de las personas que por lado empañan en el espejo y luego resienten que no esté claro, esa criatura era sor Juana.
Mucho antes de que pudiera leer las redondillas o entrarle a los sonetos —que años después en una ocasión de madrugada recité ante unos policías en un ministerio público del Ajusco—, me quedaban claras dos cosas de la de San Jerónimo: por un lado su vehemencia y anhelo de saberlo todo; y por otro, la sabiduría y agudeza para señalar clara y críticamente el doble discurso de una sociedad en la que perfectamente aplica el “platica paisano, mientras yo te gano”. Porque no es novedad que nuestra sociedad exige a hombres, mujeres, jóvenes, niños que en todo momento y espacio se obre bien, al mismo tiempo que la misma sociedad dispone un tinglado en el que por todos lados se nos incita al mal, para después acusar que fue liviandad lo que se logró con diligencia.
A la sor Juana del Sueño, a la creadora de la única obra que reconoció como propia, la conocí en un curso de literatura novohispana que impartía Rocío Olivares, quien nos desmenuzó El Sueño como quien celosamente muestra el hilo a hilo con que se elabora una pieza de filigrana exquisita. ¡Qué delicia! Ir comprendiendo verso a verso lo que la novohispana construyó hace más de trescientos años, en la voz amorosa de alguien que compartía con ella la misma pasión por conocer y dar. De aquella minuciosa lectura queda la comprensión de una estructura en la que todo está puesto para señalar el infinito deseo de saber que Juana profesó en cada uno de sus latidos, así como el método y la medida para hacerse de la sabiduría: libertad.
De aquellas clases me queda la glosa de cada uno de los emblemas con que sor Juana explica la caída de la oscuridad en el mundo: el león que nunca duerme y que por eso es rey, porque siempre está velando por los otros y no por tiranía; el águila con la piedrita en la garra para no dormirse; el venado de aguda escucha, la sensualidad del mundo a la que el alma despierta, en cuanto más dormía.
De aquella delicia de interpretación me queda la imagen del alma encumbrada, abierta, deseosa, sensual que por un instante de inmenso fulgor reconoce la inmensidad de lo cognoscible, que por un momento palpa la desmesura del universo y al instante siguiente reconoce su temporalidad, su precariedad, en pocas palabras, su humanidad; y con la humildad que da la sabiduría, reconoce que el terreno del conocimiento es infinito y que justo por eso no puede dejarse un sólo momento de investigar, de ser, de crear, de percibir, de hacer.
Consiguió, al fin, la vista del Ocaso
el fugitivo paso,
y —en su mismo despeño recobrada
esforzando el aliento en la rüina—,
en la mitad del globo que ha dejado
el Sol desamparada,
segunda vez rebelde determina
mirarse coronada,
mientras nuestro Hemisferio la dorada
ilustraba del Sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.
En El Sueño sucede que lo más divino está en aquello que llamamos vida. El poema se asume como una pieza absolutamente criolla, que no sólo pone sobre la mesa el alma de Juana sino que junto con ella, las ideas de libertad que los jesuitas ya estaban desarrollando al sistematizar el conocimiento de algunas culturas precolombinas y sobre todo al proponer que la ciencia que no es de Cristo crucificado, también es ciencia y no es necedad ni vanidad, sino independencia.
—¿Y el juguete?
—¿Lo pensaste o lo imaginaste o lo soñaste?
Cuando estamos muy lejos (como ahora) a 20 horas
de vuelo o casi 20 días por el mar.
te recuerdo bailando sobre ese mostrador iluminado
de una playa nocturna.
Sin miedo ni recato, con toda la alegría de las cosas
que nombramos eternas.
Hace casi trece años.
Desde entonces nos hemos fatigado (más que
muchos)
por procurarnos algo de verduras y pescados y un
refugio a la hora del zancudo
contra la locura (tediosa) de la calle y la tristeza de
los inoportunos.
Amor que es un modelo de constancia (tejes y destejes
la chalina de alpaca).
Y no es por la retórica de Homero. También algunas
noches (mejor si estamos solos)
son notables nuestros vientres dulcísimos y tensos.
Privilegios
que suelen más bien darse (si se dan) entre amantes
de ocasión y sin futuro.
Entonces cuando te hallas muy lejos (como ahora) no
apareces tan sólo en la luz del bar junto a las olas,
vuelves también a mi memoria / vibrante como una
cierva (herida) tras las cortinas de nuestro
dormitorio.
Por eso a la distancia (digamos que rodeo los islotes
de Circe)
me cuesta recordar esas reyertas entre la madrugada.
La fría maldición en el almuerzo.
Antonio Cisneros